Bogotá. Solos… en la indiferencia e inmensidad de una ciudad al norte de España, los latinos José María y Rosa se aferran con sentimiento, corazón y erotismo. Su febril amor forma parte de esa coraza que interponen a las diarias y adversas condiciones de su vida en España.

 

 

Ella ha aprendido a vivir su condición de inmigrante colombiana con estoicismo y tranquilidad y lleva una aceptable relación con sus jefes: una pareja de adultos mayores que la trata con consideración y respeto hacia su labor doméstica en una vetusta mansión española que refleja un pasado de opulencia.

Pero él parece estar siempre a punto de explotar por una rabia contenida por años, la angustia de estar en tierra extraña sintiéndose mirado con desprecio y humillación; y la impotencia por no poder vivir a sus anchas el romance que lo envuelve.

Cualquier síntoma que percibe como agresivo a su dignidad humana lo toma como un detonante para acelerar la bomba emocional y violenta que corre febrilmente por sus venas. La mala relación que sostiene con su jefe, el capataz de un edificio donde trabaja como albañil, está a punto de desembocar en algo que convertirá su vida en un infierno.

A medida que se aviva el amor entre José María y Rosa, las condiciones que avivan su rabia se cierran inevitablemente en torno a él. Sin embargo, un viaje de vacaciones de los patrones de Rosa les permitirá vivir la fantasía de convivir en pareja al interior de la mansión.

 El destino sólo ha reservado este momento idílico como antesala de un desenlace funesto. El infortunio… está a punto de lanzar un brutal zarpazo sobre este par de seres humanos enamorados.

La expresión del director

Rabia es una película muy Hitchcockiana, acerca de un personaje que vive en una casa muy grande sin que nadie sepa que él está ahí. Al ser casi un fantasma, José María se convierte en un voyeur y un testigo de lo que sucede dentro de esa casa. Cinematográficamente, hay mucho que se puede hacer desde este punto de partida: conversaciones que se escuchan a medias; personajes vistos desde la perspectiva de José María, a través de una puerta donde sólo se ven medios cuerpos; momentos dramáticos interrumpidos por el peligro de ser descubierto; etc.

Tenemos claramente dos mundos que existen en paralelo. Por un lado están José María y Rosa, su historia de amor y el encierro. Por otro lado está el mundo de la familia Torres con sus problemas, que nos presenta una ventana hacia una realidad alejada a la de nuestros protagonistas, pero que es igual al mundo donde habitan.

La casa se vuelve casi un personaje de la película: esta mansión venida a menos, algún día albergó a una familia que vivía en armonía, y los rezagos de esa felicidad que ya no existe están presentes por todos lados. De hecho, la mayoría de estos “recuerdos” han sido refundidos en el desván donde ahora vive José María, y alimentan su fantasía de un día tener una familia feliz también.

Afuera, el mundo es agresivo y duro, y eso se reflejaría con cámara al hombro tipo “cinema verité”. La construcción, las caminatas por las calles, y las peleas tienen un estilo visual muy crudo, muy visceral. Pero una vez que se entra dentro de la casa y empieza el encierro, la cámara se vuelve móvil y muy fluida (“steadycam”), paseándose por los corredores, las salas y los cuartos de la casa.

Cuando José María llama por teléfono a Rosa por primera vez, un plano secuencia arranca con él marcando, y sin cortar nos alejamos, recorriendo la casa entera mientras escuchamos las respuestas de los diferentes números equivocados, hasta que empieza a sonar por fin el teléfono de la cocina, al cual nos acercamos vertiginosamente cuando contesta Rosa: los dos están muy lejos y muy cerca de la vez.

A pesar del encierro, José María crece internamente como personaje, y de ángel vengador poco a poco pasa a ser un ángel protector.

El paso del tiempo, y el cambio interno de José María, serán reflejados en el trabajo de arte. Hay momentos donde la casa se siente cálida y acogedora, pero de repente pasan varios meses y todo ha tomado un tono más frío, más duro.

La mansión de los Torres se siente muy distinta en verano que en invierno. Se debe jugar mucho con el “chiaroscuro” y con las sombras donde se esconde José María (y donde se esconde la rata también). Hay todo un ciclo que se cumple con el paso de las estaciones, pero es un ciclo donde nuestros personajes han cambiado y han crecido.

Acerca del director:

Nació el 23 de mayo de 1972 en Quito (Ecuador). A los 9 años su familia lo llevó a vivir a Francia, donde vivió hasta los 15 y descubrió su pasión por el Séptimo Arte. En 1990 ingresó a la Universidad de California del Sur (Los Ángeles), donde estudió Cine y regresó en 1995 a Ecuador con la idea de hacer allí su primer largometraje.

Luego de ser productor, director, fotógrafo y editor de cortometrajes y videos musicales, escribió y realizó su ópera prima, ‘Ratas, ratones y rateros’ (1998).

 La historia de Salvador, un ingenuo habitante de zonas paupérrimas de Quito que se enreda en una espiral de violencia debido a la influencia de su primo Ángel, reflejó el miserable ambiente en que enfrentan la vida numerosos ecuatorianos y suramericanos en general. Cordero respondió a un estilo ya exhibido por cineastas como el colombiano Víctor Gaviria con ‘Rodrigo D. No futuro’ (1990).

La película recorrió 50 festivales y obtuvo numerosos reconocimientos, entre ellos nominaciones al Goya de España como mejor película extranjera de habla hispana; y al Ariel de México como mejor película iberoamericana. En el Festival de Bogotá 2000 logró una Mención de Honor para su director, en Trieste galardones a mejor película y ópera prima, en Huelva mejor actor y ópera prima, y en La Habana el premio a mejor edición.